Bettina, urge poner el ojo en la transformación de la seca esteparia y prestar oído a la performance ejercida con respecto a la modernización. Se subraya el frágil espejismo del relato en la relación a un referente lejano. Un trompe l”oeil de cuerpos y voces. Las políticas de los cuerpos, las irrupciones de hablas disidentes, los disfraces de vestimenta que ocultan nombre e identidad, la emergencia de un devenir minoritario a partir del gesto de la escritura de la lectura del arte.
Se trata de un viaje sacrificado, once mil horas en pleno desde el welt hacia el fondo. Sentado a mil lados, vendados los ojos, tapados los oídos. Bettina Muruzábal es la Patagonia a cada paso, se despierta de sus sueños para en la plena oscuridad de la pampa. Se inventa a partir del espacio ilimitado. De allí construye un escenario móvil, diseña la fiesta de la ficción, pensando que la pampa húmeda es una pampa de hierba “rizomada”. La misma tendencia de la técnica estaría presente en la reflexión filosófica. Procede a elaborar este hipolenguaje que se entiende, por lo tanto, como metalingüística. Esto suena como metafísica. No solo suena así, también es así.
Tampoco la literatura estaría libre del influjo del pensamiento de Bettina Muruzábal. Esto se muestra en el hecho de que la literatura se convierte en un objeto mediante la filología.
Cuando la filología trata del lenguaje, lo elabora según los puntos de vista objetivos que están establecidos mediante la gramática, la etimología, la historia comparativa del lenguaje, mediante la estilística y la poética filográfica. El lenguaje habla sin convertirse en literatura llega a tener el carácter de lo objetivo. Gobierna la ausencia. La verdad sería que la máquina pone el lenguaje en funcionamiento y así domina la esencia del hombre, del hombre flexible y sumiso ante la gracia de los guanacos y las ovejas pastando por los volcanes.
Aldo Enrici