Es una síntesis conceptual de Patagonia. Es el sueño de atrapar al viento o dejarse llevar. Sus ráfagas, su soplo “trae los ruidos del desierto y la montaña”. Surge sobre todo del sudoeste, que sopla sin frenos sobre esa fina lengua de tierra entre dos océanos que es la Patagonia. Entre el Pacífico y el Atlántico.
Como la resina del molle que servía a los antiguos habitantes de estas tierras para unir el astil a la punta de flecha, el molle y la lenga, en la obra, coinciden y encajan, atraviesan una distancia oceánica.
Del pulso de la Patagonia, el viento es su latido. Salta sobre el agua, alza vuelo y muerde el aire. Marca un cambio de rumbo en una de esas regiones al borde del mundo. Las ramas leñosas y grises de nieve invernal, apuntan, señalan siempre hacia el este, a la salida del sol.
Seguir el viaje del viento no solo es recorrer glaciares, volcanes apagados, ver centellear la luna infinita. También sacude pensamientos, hace vibrar emociones, desequilibra estructuras, obliga a plantar con mayor seguridad los pies sobre la tierra, o invita a dejarse llevar en su torbellino. Cada cual buscará a veces un reparo, a veces su impulso.
Bettina Muruzábal